En la madrugada de ayer se consumó el último traspaso en lo que llevamos de temporada. En realidad fue un multitraspaso que acabó con Boris Diaw y Raja Bell en los Bobcats y, por el otro lado, con Jason Richardson vistiendo la camiseta de los Suns. A simple vista, Phoenix pierde algo de profundidad en el banquillo a cambio de hacerse con los servicios de un reputado anotador, un jugador con grandes capacidades atléticas y siempre peligroso en el perímetro. Charlotte sigue dando palos de ciego buscando una manera de encauzar la franquicia.
Después de la salida de Mike D´Antoni, actual entrenador de los Knicks, Phoenix perdió la que había sido su seña de identidad en los últimos años, el juego rápido, vertiginoso, de contraataque, alley-oop y mate. Aunque esto ya se preveía cuando se produjo el traspaso de O´Neal por Marion, no se consumó hasta que comenzó la presente campaña. Los Suns de D´Antoni se habían convertido en un equipo de leyenda que, a falta de títulos materiales, siempre contarán con el premio del recuerdo grato de los aficionados que los vieron jugar. Aquel conjunto que hace apenas dos años era candidato indiscutible al título no es hoy más que un vago recuerdo que intenta sostener la genialidad del base Nash y la efectividad impagable de Amaré Stoudemire.
Por suerte, parece que con esta nueva vuelta de tuerca, en Arizona se empieza a pensar de nuevo en volver a las raíces y darle al público lo que quiere, espectáculo. Richardson aportará, de alguna manera, la eléctrica movilidad que antes aportaba Marion, lo demás está en manos de Terry Porter. El entrenador intentó hacer de los Suns una penosa imitación de los Spurs; con Nash haciendo de Parker y Stoudemire haciendo de no sé bien que clase de Duncan, lejos del estilo up-tempo que les había llevado a cosechar aceptables éxitos hace no demasiado.